“¿Qué quieres, Lucía?” preguntó él, aunque ya sabía la respuesta. Ella había descubierto algo—algo que vinculaba a Don Carlos con los nuevos crímenes de la ciudad. Y necesitaba su ayuda, porque en esa noche de sangre, él había sido el único que supo disparar con precisión.
La carta había llegado esa misma mañana, deslizada bajo la puerta de su apartamento. No tenía remitente, sólo una foto: una mujer de treinta años, el rostro iluminado por la luz de un estudio fotográfico. Sus ojos, sin embargo, eran los de la niña que había sostenido entre sus brazos una noche de noviembre, cuando los balas cruzaron la calle y la vida se volvió una cuestión de segundos.
“¿Otra ronda?” le preguntó el camarero, mientras le servía un vaso de malbec. Ramón asintió, pero su mirada no estaba en el vaso. Era el sonido distante de una pistola lo que resonaba en su cabeza, un eco que llevaba años sin escucharse.
“¿Qué quieres, Lucía?” preguntó él, aunque ya sabía la respuesta. Ella había descubierto algo—algo que vinculaba a Don Carlos con los nuevos crímenes de la ciudad. Y necesitaba su ayuda, porque en esa noche de sangre, él había sido el único que supo disparar con precisión.
La carta había llegado esa misma mañana, deslizada bajo la puerta de su apartamento. No tenía remitente, sólo una foto: una mujer de treinta años, el rostro iluminado por la luz de un estudio fotográfico. Sus ojos, sin embargo, eran los de la niña que había sostenido entre sus brazos una noche de noviembre, cuando los balas cruzaron la calle y la vida se volvió una cuestión de segundos. El Gatillero
“¿Otra ronda?” le preguntó el camarero, mientras le servía un vaso de malbec. Ramón asintió, pero su mirada no estaba en el vaso. Era el sonido distante de una pistola lo que resonaba en su cabeza, un eco que llevaba años sin escucharse. “¿Qué quieres, Lucía